Como estudiantes japoneses en el día de graduación, nos despedimos del maestro cantando “Hotaru no hikari” (El brillo de las luciérnagas).
Hoy a las 20 horas concluye a exposición y podrá disfrutarse también de la proyección de los Sueños. Durante estos meses Alhóndiga Bilbao ha acogido los dibujos y pinturas, carteles y películas de Akira Kurosawa. Si nos dejamos llevar por las creencias samuráis, que consideraban que el alma de estos guerreros estaba en su espada, no es descabellado pensar – o al menos soñar- con que el alma de un artista esté en sus obras.
En la cultura japonesa, quizá por la tradición budista, el final no debe engendrar dolor, ni angustia, porque lo bello es efímero y por eso la belleza siempre está rodeada de una cierta melancolía tranquila, parecida a la que se siente cuanto justo antes de añochecer, tras un día luminoso, se produce un instante de silencio.
Esta serenidad especial puede percibirse en El mar que nos mira o Umi wa miteita, película de la que Kurosawa escribió el guión y desarrolló el storyboard pero que no llegó a rodarse mientras vivía. Convertida en un homenaje póstumo, en esta historia de amor prohibida entre una geshia y un samurái, tras las lluvias torrenciales el agua desbordada que sube trae una hermosa quietud. Una atmósfera que transmiten los dibujos con los que el maestro imaginó un film que nunca llegó a ver.
Con esta seneridad melancólica despedimos este blog, que ha intentado ser el hogar de un pequeño homenaje a uno de los grandes directores de la historia. La obra de Kurosawa dejará Alhóndiga Bilbao, pero ¿cómo evitar la tentación de imaginar que el espíritu inconformista del emperador del cine japonés aún permanecerá una temporada vagando tranquilamente, mientras imagina nuevas historias, entre las columnas del atrio?
Por eso en vez de “sayonara”, preferimos decir “matta ne” (hasta luego).
Berta Bernarte
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Pocas películas de Akira Kurosawa han despertado menos consenso que los Sueños (Yume). En su presentación en Cannes los críticos se miraban con el rabillo del ojo, sin saber muy bien que decir. Esta obra no tenía nada que ver con las anteriores películas. Dividida en ocho capítulos cada uno de ellos mostraba una estética, un ritmo, un estilo de rodaje diferente, con un único hilo conductor, el personaje de “Yo”, un alter ego del director con aspecto de turista japonés que recorría con cara de despistado las diferentes ensoñaciones.


Este jueves 13 de enero, los amantes del buen cine de anime podrán disfrutar de una de las joyas del famoso estudio Ghibli. Porco Rosso, un héroe de la aviación italiana que abandona el ejercito en los años de la ascensión del fascismo, regresa convertido en un cerdo aviador y mercenario en un mundo en descomposición donde el honor no se encuentra ya en servir al poder sino en seguir su propio corazón.
Por eso en Porco Rosso, libre pero cerdo, más humano que los soldados que siguen ciegamente las órdenes, podemos quizá atisbar algo del descaro del mercenario cinematográfico por excelencia, el Yoyimbo de Kurosawa. Cuya ética de desclasado y su pasión por la vida le convierten en un solitario y cínico, que finalmente toma partido por los más débiles.
Dibujar para contar, congelando la escena, lo que luego serán sonidos, voces, movimiento, gestos o paisajes.


