¿Cómo reconocer a un samurái? (Si se viaja en el tiempo)

Mōko Shūrai Ekotoba (1293). Imagen de dominio público.

El cine, especialmente aquel que ha llegado hasta occidente, ha contribuido a una visión idealizada de la figura del samurái en ocasiones como héroe glorioso, en otras como figura solitaria y romántica, capaz de los más increíbles actos de valor y sacrificio. Pero la suerte de un samurái y su forma de vida fue variando a lo largo de la historia.

Originariamente un samurái era un guerrero aristócrata, pero este término fue extendiéndose a toda una casta que luchaba bajo las órdenes de un noble señor (daimyo), al que debían fidelidad absoluta. Con un estatus especial y normas propias, su poder se incrementó a partir del siglo XII en un entorno feudal donde las guerras de clanes eran muy frecuentes.

Los guerreros acudían a la batalla llevando la “gran armadura” o yoroi. Su estilo y complejidad fueron evolucionando a la vez que las técnicas de combate. En un principio un samurái era sobre todo un jinete y un arquero.

Pero en el siglo XIII al tenerse que enfrentar al ataque combinado de tropas mongolas, chinas y coreanas, también tuvieron que combatir a pie con sables y alabardas. Nacía la armadura con placas de hierro articuladas y forradas de cuero que caracterizaría la imagen del samurái junto con un casco alto con cuernos, el hoshi kabuto.

Una excelente recreación de estas yoroi puede encontrarse en las películas de Kurosawa: Kagemusha, la sombra del guerrero o en Ran, con la que obtuvo el Oscar al Mejor Diseño de Vestuario en 1985, ambas ambientadas en el periodo histórico Azuchi Momoyama [1568-1603].

Para el samurái la espada llegaría a convertirse en un objeto sagrado cuya hoja simbolizaba, por su pureza, el alma del guerrero. Sólo ellos podían llevar el sable largo, katana, y el sable corto, wakasashi, cuya decoración reflejaba el estatus y la sensibilidad del guerrero.

Un samurái que perdía su espada perdía su honor, que era su vida. Con ella debía realizar el suicidio ritual o seppuku, si su señor era derrotado, tal y como marcaba su código de conducta o bushido. Un código ético que le exigía lealtad y dignidad en todo momento pero que, en muchas ocasiones, como refleja con maestría el cine de Kurosawa, entraba en contradicción con la complejidad de la vida y las pasiones humanas.

La visión idealizada del bushido se puede encontrar en  la película “Los siete samuráis” de Kurosawa en la que estos orgullosos guerreros toman partido por los campesinos, la casta inferior, a merced tanto de la nobleza como por los bandidos que roban sus cosechas. Como pago únicamente recibirán tres raciones de arroz al día, que además compartirán con los hambrientos niños de la aldea. Austeridad, frugalidad, obediencia, virilidad, sacrificio y virtud.

Samurais del Clan Chosyu en el periodo de las guerras Boshin. Fotografía de Felice Beato, 1860.

El comienzo del final

Irónicamente fue un terrateniente samurái, Tokugawa Ieyasu, quien al convertirse en Shogun, máxima autoridad real del país, redujo los privilegios de esta élite militar. De esta forma fueron perdiendo la posesión de las tierras y se vieron obligados a transformarse en campesinos, artesanos o comerciantes para sobrevivir.

Otros optaron por ser mercenarios para los señores de las ciudades o se convirtieron en ronin (hombre ola), samurái sin señor que se ofrece como mercenario. Este es el caso de Sanjuro el protagonista de la película Yojimbo, un ronin del siglo XIX, figura anacrónica y ambigua capaz de venderse a dos bandos enfrentados.

La paz y el cambio de costumbres de una vida rural a una urbana acentuó más su declive, cuyo estricto código encajaba mal en la nueva sociedad Meiji, abierta al exterior. Los privilegios de la clase samurai fueron oficialmente suprimidos y en 1875 se les prohibió portar las espadas que simbolizaban su dignidad. Se produjo una última rebelión en la que los samuráis con sus armas tradicionales lucharon contra el moderno ejército del emperador. Se dice que perecieron más de 20.000 de ellos. Con ellos moría una forma de vida, pero no el mito.

Aún hoy, ser descendiente de familia samuráis continúa siendo un honor. Kurosawa fue uno de ellos.

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