El Japón que le tocó vivir

Akira Kurosawa nació el 23 de marzo de 1910 justo dos años antes del comienzo del periodo Taisho o Taishō jidai  (era de la gran rectitud), etapa que coincidió con la vida del emperador que le da nombre. Es en esta época cuando comienza a desarrollarse la industria cinematográfica japonesa y nace la primera compañía la Nikkatsu. Kurosawa tenía dos años y con ella se abrió la era dorada del cine mudo. Uno de los recuerdos recurrentes de su infancia fueron las películas que le llevaban a ver, en las que todavía se podía sentir la influencia del teatro Kabuki con sus onnagatas, o actores que realizaban papeles femeninos, y de los poderosos benshis, narradores de cine mudo.  Un mundo en vías de desaparición.

Pese a la delicada salud tanto física como mental del emperador y de los conflictos exteriores en los que se vio envuelto el país, entre ellos la primera guerra mundial, es considerada como una etapa de apertura y espíritu liberal en la que se desarrollaron importantes movimientos sociales y estudiantiles frente al militarismo posterior. En 1925, justo un año antes de morir este frágil emperador, se estableció el sufragio universal para los varones.

Pese a ese aparente avance democrático, el país se encaminaba hacia una de las páginas más oscuras de su historia reciente, el periodo Shōwa, al subir al trono el emperador Hiro Hito en 1926. Un Kurosawa inquieto y rebelde –que, a pesar de que su padre, descendiente de samuráis, era instructor del ejercito, no quería saber nada de la educación militar obligatoria en los centros de enseñanza- entraba en la adolescencia y la juventud, en unos tiempos que buscaban ahogar cualquier atisbo de individualismo.

En 1931, los japoneses invaden Manchuria, territorio del norte de China, el mismo año en que llega a las salas de cine japonesas la primera película sonora del país, Ama y señora del director Heinosuke Gosho.  Una etapa de creatividad sobre la que se cernía cada vez más el control del gobierno y la exaltación nacionalista. La censura del Ministerio Interior se hace asfixiante llegando, como sufrió Kurosawa, hasta extremos totalmente absurdos. La expresión de los sentimientos, más allá del amor a la patria y al emperador, es considerada como una influencia británico-americana y una traición. Cualquier gesto puede ser malinterpretado. Kurosawa siempre recordará con rabia a esos censores que le atormentaron como guionista y director, incluso en las entrevista que realizó ya anciano.

“En estos años proliferan las películas de inspiración patriótica; en ellas se exalta la larga tradición de una legendaria sociedad feudal, sostenida por rígidos valores y bien organizada, en la que destacaba el orgullo racial y el respeto reverencial por la figura y la voluntad del emperador” (1)

Guerra y horror

La escalada. La guerra chino-japonesa se intensifica, Japón firma un tratado de alianza con la Alemania nazi, continúa con su expansión militar por el Pacífico, se produce el ataque a Pearl Harbour. Era el 7 de diciembre de 1941.

En 1943 Kurosawa rodaba su primera película La Leyenda del gran judo. Faltaban solo dos años para que la primera bomba atómica utilizada contra población civil destruyese la ciudad de Hiroshima y, la segunda, Nagasaki. Un horror que marcaría a la sociedad japonesa y al propio director que no dejó de denunciar el empleo de la energía nuclear, como puede verse en sus películas de madurez Rapsodia en Agosto y en Los sueños, cuando el estallido de una central cubre el país de nubes radioactivas teñidas de colores, que solo sirven para saber de qué se va a morir.

Japón capitularía el 15 de agosto de 1945 y en 1946 el general Mac Arthur establece un pro-consulado americano. La censura estaría en manos de los funcionarios de la sección de Información y Educación Civil del Alto Mando de las Fuerzas Aliadas en el Océano Pacífico hasta 1949, y se prohibirían muchas películas históricas a las que acusaban de propagar el espíritu feudal como, por ejemplo, Los hombres que caminan sobre la cola del tigre del propio Kurosawa. Las katanas, los samuráis y los kimonos resultaban sospechosos.

Una situación que fue suavizándose y que, a pesar de las dificultades para rodar en un país devastado por la guerra, supondría el renacimiento del cine japonés que culminaría en los años 50 con una segunda edad de oro. Destacan en esta etapa cineastas con estilos muy personales entre ellos el propio Kurosawa junto con Mizoguchi, Naruse, Ozu, Kinoshita, Kinugasa, Kobayashi, Ichiwaka…

Sube la economía, baja el cine

Los años sesenta estarían marcados por la creciente influencia de la televisión, en un Japón en pleno crecimiento económico en el que el cine retrocedía como fenómeno de masas y las grandes compañías entraban en crisis. Los artistas e intelectuales se dejaban seducir por la influencia de la izquierda francesa y sus películas de autor o por el influjo revolucionario soviético en plena guerra fría. Las huelgas se sucedían en las calles de las grandes ciudades con un gobierno que reaccionaba cada vez con más dureza y violencia, mientras se empeñaba en mostrar su modernidad al mundo a través de las Olimpiadas de 1964.

La guerra de Vietnam agitaría todavía con más fuerza la sociedad japonesa. Y las grandes compañías apuestan por el erotismo y la violencia, apartando a los grandes directores que comenzaron a tener grandes problemas para rodar. Una etapa muy dura para esos realizadores ya consagrados, algunos de los cuales intentaron crear sus propias productoras, como Akira Kurosawa que se asoció con los directores Ichikawa, Kinoshita y Kobayashi para fundar una nueva compañía, la Yonki no kai, Sociedad de los Cuatro Caballeros. La producción de la película Dodeskaden (1970) de Kurosawa, una visión crítica del desarrollismo económico, y su fracaso comercial les llevaría a la ruina, y al director a un intento de suicidio. No podría volver a ponerse detrás  de una cámara hasta 1975 gracias a que desde la URSS le propusieron rodar una película “como quisiera su corazón”. De este compromiso surgiría Dersu Uzala (1975), que con su éxito mundial, rescató al director del olvido.

En 1989 muere el emperador Hiro Hito, en medio de escándalos políticos que no empañaban el poderío de un Japón en apariencia imparable, capaz de conquistar el mundo con el poder del yen. Al año siguiente Kurosawa rodaría Los sueños (1990), su testamento fílmico aunque no su última película. En ella se muestra pesimista ante la exaltación de la tecnología y cede a la nostalgia, en una de las piezas que componen este mural surrealista, ante la vida simple y longeva de una aldea donde la electricidad se considera superflua, los árboles dejan caer sus ramas y no se talan, el ritmo lo marca el sonido del agua en los molinos y la muerte es una celebración gozosa de la felicidad pasada. Nostalgia de un Japón que hacia tanto tiempo que había dejado de ser, que probablemente no llegó nunca a existir.

1. La mirada del samurái. Jordi Puigdomènech, Andrés Expósito y Carlos Jiménez Soria. Pag. 21. Ediciones JC. 2010.
Bibliografía: El cine japonés. Max Tessier. Acento Editorial.1999.
Fotografías: Emperador Taisho. Dominio Público [http://www.lib.utexas.edu]
Tokyo de noche. Imagen de Ian Muttoo at http://flickr.com/photos/20741443@N00/245850109

 

 

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