Kagemusha y la belleza de la sombra

En un Japón devastado por las guerras feudales del siglo XVI, donde el honor de pertenencia a un clan constituye la base social, un personaje desarraigado, un ladronzuelo de poca monta es condenado a muerte. Apenas una sombra de la historia a punto de desaparecer. Sin embargo, su gran parecido con el principe Shingen, líder de los Takeda, uno de los tres clanes que rivaliza por el control de Kyoto, la capital, le salva la vida.

De esta forma se convierte en su doble (kagemusha) en las batallas, de nuevo simple sombra del auténtico guerrero. Está documentada la existencia histórica de estas figuras que sustituían a los grandes señores en los momentos más peligrosos de las batallas o que servían para confundir al enemigo sobre la estrategia del combate.

Pero en este caso la muerte del príncipe le obligará a suplantarlo definitivamente, lo que supone anular su propia personalidad y asumir la del líder fallecido. La sombra es obligada a convertirse en espejismo perfecto, aún a costa de su propio yo. La película transcurre entre la tensión de las batallas, con un acercamiento coherente con los usos y costumbres del periódico que refleja, y la perspectiva psicológica de la transformación interior del protagonista. Pero, ¿qué es más real la sombra o la luz?

La cultura de la sombra
Kagemusha es una historia relatada desde el punto de vista de la “sombra” y no desde la posición del héroe verdadero, que se convierte en una meditación filosófica sobre la identidad y el poder.

Quizá, más allá de esta película, sea interesante reflexionar unos instantes sobre la importancia de la sombra en la cultura tradicionales japonesa, en la que la oscuridad dista mucho de tener las connotaciones negativas que la adornan en occidente. Constituye una parte esencial de lo bello, aquello que no se ve, un aspecto con el que juega, por ejemplo, el teatro tradicional Noh, del que Kurosawa era un buen conocedor o las marionetas Bunraku, que se movían en una penumbra similar a de las habitaciones privadas en las mansiones de la nobleza.

Una característica del pensamiento japonés, que recogió magistralmente el escritor y ensayista Junichiro Tanizaki (1886-1965) en su Elogio de la Sombra. “Creo que lo bello no es una sustancia en sí, sino tan solo el dibujo de sombras, un juego de claroscuros producido por la yuxtaposición de diferentes sustancias. Así como una piedra fosforescente colocada en la oscuridad, emite una radiación y expuesta a plena luz pierde toda su fascinación de joya preciosa, de igual manera la belleza pierde su existencia si se le suprimen los efectos de la sombra”.

El storyboard
En la segunda mitad de los años setenta, Kurosawa presentó el guión de Kagemusha, redactado en colaboración con Masato Ide, a varios estudios sin éxito, ya que estos desconfiaban de la capacidad del viejo maestro de atraer a un público japonés cada vez más alejado de las salas de cine y temían, además, sus desmurados presupuestos. “Pensé que aunque no pudiese trasladar las imágenes a la pantalla, al menos quería que la gente las viera. Así que decidí dibujarlas”, como explicó el propio Akira Kurosawa. La película pudo rodarse finalmente en 1980 gracias al apoyo de George Lucas y Francis Ford Coppola, que propiciaron el acuerdo entre la compañía japonesa Toho y la norteamericana Fox.

El storyboard está compuesto por 366 dibujos en los que Kurosawa manifiesta un profundo conocimiento de la sofisticada estética del Japón del período Azuchi Momoyama [1568-1603], en el que transcurre la historia, al que se suman múltiples referencias a la historia del arte occidental: desde las pinturas de batallas del bajo Renacimiento italiano a las escenas oníricas del simbolismo y el surrealismo de las vanguardias. Cuando el sueño de gloria de Kagemusha se transforma en pesadilla, Kurosawa evoca el expresionismo de artistas como Oskar Kokoschka, Chaim Soutine y Emile Nolde.

Esa fuerza cromática, muy contrastada en tonos, se traslada a los fotogramas gracias a la fotografía del equipo formado por Takao Saito, Ueda Masaharu, Asakazu Nakai y Kazuo Miyagawa. El responsable del montaje fue el propio Kurosawa. La película obtendría la Palma de Oro en Cannes y supuso un éxito mundial, sin embargo el “tenno” tendría que esperar cinco años para rodar su siguiente film, Ran.

Info práctica:
Puede disfrutarse de la visión del storyboard original de Kagemusha en la exposición La mirada del Samurái, en AlhóndigaBilbao y de la proyección de la película en el ciclo de cine.

Bibliografía:
La mirada del samurái. Jordi Puigdomènech, Andrés Expósito y Carlos Jiménez Soria. Ediciones JC. 2010.
El Elogio de la Sombra, Junichiro Tanizaki. Biblioteca de Ensayo. Siruela. Madrid. 1994.
El cine japonés. Max Tessier. Acento Editorial.1999.
Cien años de cine japonés, Donald Richie. Jaguar, Madrid, 2004

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