Kurosawa y la palabra

“Libros!!!” Viñeta de la publicación humorística Osaka Puck, 1941. Extraída del libro “Manga ni egakareta Meiji, Taishō, Shōwa, p. 193”, a través d la Web Guide to Japanese Image Resources at Duke University.

“Leía debajo de las mantas en la cama por la noche, leía mientras andaba por la calle” (Autobiografía (o algo parecido), Akira Kurosawa, Fundamentos, Madrid, 1990, p. 118)

Es difícil imaginar a Akira Kurosawa alejado durante demasiado tiempo de los libros. Ya desde la infancia, leía con pasión todo lo que caía en sus manos, aunque, como el mismo reconoce, “no lo entendiese”(1).

A pesar de que siempre se consideró un mal estudiante, Kurosawa se sintió atraído por la letra escrita y durante toda su vida guardó el recuerdo de uno de sus profesores de primaria, Seiji Tachikawa que le aficionó a la literatura clásica japonesa.

Algún tiempo más tarde, un Kurosawa adolescente al que no le gustaban las aglomeraciones en los tranvías realizaba el largo trayecto hasta el instituto, leyendo por el camino. Un muro rojo le acompañaba parte del recorrido mientras se sumergía en las obras de autores japoneses como la novelista y poetisa Higuchi Ichiyo, Kunikida Doppo, Natsume Soseki o el ruso Ivan Turgenev. Eran libros que su hermano mayor le prestaba o que, con el dinero de bolsillo que lograba reunir, el mismo compraba. Eran sobre todo las sutilezas en las descripciones de la naturaleza las que más captaban su atención.

A los dieciocho años, en una etapa en la que Japón se encontraba agitado por los disturbios sociales y la crisis económica, Kurosawa se refugió en la literatura, el teatro, la música y el cine. De esta forma recorría las librerías de segunda mano o disfrutaba de los llamados “libros-yen”, que por ese precio reducido le permitieron conocer escritores tanto orientales como occidentales. “Como yo no perseguía ningún objetivo académico, tenía tiempo más que suficiente para leer. Leía literatura clásica y contemporánea, extranjera y japonesa sin discriminación” (2).

También se sentía atraído por las monografías y libros dedicados a pintores, pero estos tomos no siempre estaban a su alcance. Los que no podía comprarlos, los grababa en su mente, mirándolos una y otra vez en la librería.

Fue en esta época en la creció su amor por la literatura rusa influido por Heigo,  su hermano mayor a quien un jovencito Kurosawa no podía dejar de admirar, ya que desafiando las convenciones familiares y sociales,  se había marchado de casa y vivía en pensiones sin domicilio fijo, dedicándose a escribir críticas de cine.

Heigo se convertiría en un benshi, un narrador de películas de cine mudo, personalidades que llegaban a ser auténticas estrellas con unos seguidores que acudían a verles y escucharles reinterpretar las imágenes de un film. Un género de dramatización oral lleno de creatividad, en la que la palabra y la voz arrastraban la imaginación del espectador.

La señora Tomita

La entrada en el mundo del cine de Akira Kurosawa también puede relacionarse con la letra escrita, ya que para ser contratado por la productora PCL tuvo que realizar un examen de oposición entre numerosos candidatos. La primera prueba consistía en redactar un texto comparativo entre el cine occidental y japonés y detectar las debilidades de este último. Un paso que le permitió convertirse en ayudante de dirección.

La posibilidad de convertirse en director también tiene un componente novelesco. Un día, un desesperado Kurosawa, convertido en guionista por encargo y que casi había dado por perdida la batalla por llegar a ser director, estaba ojeando el periódico cuando le llamó la atención el anuncio de una novela que estaba a punto de editarse. Se trataba de Sugata shanshiro, las aventuras de un camorrista experto en artes marciales. Kurosawa supo, sin haber leído una sola línea de la obra, que se trataba de la historia que llevaba tanto tiempo buscando.

Una vez publicado la novela, escrita por el autor japonés Tomita Tsuneo, despertó el interés de diferentes productoras que pidieron sus derechos y que prometían que la historia sería llevada al cine por directores y actores consagrados. Sin embargo, fue la mujer de Tomita la que inclinó la balanza hacia Kurosawa, porque había leído algunos textos del joven Akira en revistas cinematográficas y se lo recomendó a su marido como “una promesa”.

Con la “La leyenda del gran judo” (Sugata shanshiro, 1943), Akira Kurosawa pudo gritar por vez primera: “¡Yoi, staato! (Preparados, acción)”. El futuro “emperador” del cine japonés acababa de nacer.

(1) Autobiografía (o algo parecido), Akira Kurosawa, Fundamentos, Madrid, 2006, pag.83
(2) Autobiografía (o algo parecido), Akira Kurosawa, Fundamentos, Madrid, 2006, pag.118
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